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2046

 2046 emana erotismo y sensualidad. Huele a voyeurismo. Parece que tratase de una carretera repleta de cambios de sentido. Tantos que llegas a perder la orientación, y el rumbo. El film sale de un gran altavoz para culminar volviendo a él. Como si fuera el mismo punto de partida el de regreso. Como si existiera el eterno retorno. Un escritor que cree escribir sobre el futuro, cuando en realidad escribe sobre el pasado.

Espaldas descubiertas por amplios escotes, uñas pintadas de rojo, medias, tacones infinitos… la sexualidad implícita en un movimiento de caderas. Recuerda una historia de amor “con la mujer de otro” y un viaje a Singapour. Y nos trasladamos a entonces. La incesante lluvia sobre aquella lámpara del callejón, un restaurante similar, rostros en espejos y una música envolvente. Nos detenemos en detalles: el pomo de una puerta, una mano que sostiene un bolso al caminar… objetos que aparecen en una secuencia y se cuelan en posteriores acompañando la historia, inyectándole una dirección y, por supuesto, guiando nuestros ojos.

Pero no es la sencillez de entonces, el tono embriagador de los susurros, de las palabras que se ahogan antes de salir. Ahora las súplicas adquieren vida: “vente conmigo”, “quédate esta noche”, y el deseo se hace carne y los recuerdos no mueren, se pierden en otros labios. Utiliza espejos, cristales, marcos de puertas y otras herramientas que ofrecen imágenes que nos hacen creer que tan sólo existen en la imaginación de Chow, que no son más que ilusiones que ocupan su confusa mente. Y nos sentimos observados. Ya no son otros los que vigilan, las dueñas de las habitaciones de los protagonistas de In the Mood for Love; ahora son ellos mismos, y él sobre todo, quien, a través de ese agujero por el que mira a Bai o a Wang, nos lleva a nosotros a otros lugares. Nos hace sentir una irrefrenable necesidad de observarlas, de atravesar esas paredes. No es coincidencia que el film mantenga “aislados”, no sólo a los personajes sino a los espectadores. Cuando dos actores aparecen en el mismo espacio, Wong Kar Wai elige un plano desde la perspectiva de un voyeur, de alguien que no puede hacerse una idea completa de lo que está pasando. Así, en muchas escenas, los personajes aparecen “al otro lado”, dejando el resto oculto. Fuera de campo y encuadre dentro del encuadre hacen que nos mantengamos alejados, como he dicho, pero alimentan nuestras ganas de presenciar la acción, de impedir la alienación de unos personajes que sólo intentan sobrevivir al pasado, al recuerdo.

Ambas películas rebosan magia. Aquí, dos planos que se funden aproximando dos bocas que se desean o la imagen ralentizada al cruzarse en el restaurante, después de un beso con Lulu, durante una insinuación a Bai. Allí, cada uno de los primeros encuentros en pasillos y callejones interminables. “No la he vuelto a ver desde entonces, pero a veces aparece en mis historias”. Un taxi volviendo a casa, una mano que tropieza en otra pierna, una lágrima brotando de un cuerpo en blanco y negro. Una azotea y el humo de un cigarrillo, de nuevo, o un fajo de billetes que calman aparentemente la sed. Personajes frágiles, vulnerables, sonrisas retardadas. Continúa el fuera de campo, como ya he apuntado, aquí más como recurso estético pues ya no hay personajes que ocultar. De hecho, de las protagonistas de estas historias de amor de 2046 lo vemos todo, o al menos lo suficiente para que se produzca en nosotros un deseo de ponernos bajo su pellejo, para vivir sus experiencias, y para cambiarlas también. Porque sufren, porque les inunda un sentimiento de pérdida y de vacío que nos llega y traspasa. A veces un primer plano que muestra unos ojos brillantes puede llegar a estremecer: “Todos los recuerdos son rastros de lágrimas”.

La dirección artística y el vestuario son sublimes. Pasamos de vestidos perfectos que envuelven en elegancia a cada una de las protagonistas femeninas a trajes galácticos; de un viejo y descuidado hotel a un tren de la más alta tecnología, y ello sin que apenas percibamos los puntos de sutura.  La música asimismo, embriagadora y con notables puntos en común con la banda sonora de In the Mood for Love, aparece en momentos clave del film, como cuando le vemos observando, por primera vez a Wang  fumando, tras haber estado haciendo ballet. O en aquel taxi en blanco y negro con Bai, no así en la penúltima escena en la que aparece él sólo, en blanco y negro igualmente, en ese taxi. Quizá continuación de aquel momento, quizá una situación futura, quién sabe, al fin y al cabo la historia se repite, y la ausencia de música en ese instante podría significar el comienzo de una nueva soledad. No es su culpa, por ahora necesita defenderse, curar las heridas… porque él mismo lo dice: “El amor requiere el momento oportuno”.